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Teníamos al enemigo en casa. Parte I: Alfredo Castillo

"Habíamos cometido un grave error, habíamos abandonado la búsqueda de los agresores cuando encontramos los cuerpos con vida", recuerda el procurador Alfredo Castillo Cervantes en una entrega de su columna "Justicia Posible"
Twitter: @ACC_Castillo
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23 de diciembre 2011 11:07
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Alfredo Castillo Cervantes
23 de diciembre 2011
11:07

Un grupo armado secuestra a cuatro policías ministeriales del estado de México. La operación de rescate de los elementos policiacos parece frustrarse cuando una llamada anónima alerta que de no mover el helicóptero que sobrevolaba la zona, sería derribado. En la aeronave viajaban altos mandos de la Procuraduría General de Justicia mexiquense.

Cuando el operativo, en el que participaban federales, militares y elementos de la PGJEM, parecía dificultarse, tres de los cuatro policías son rescatados "milagrosamente".

"La llamada de amenaza había sido tan precisa, a tan sólo 50 metros de que el grupo operativo llegara al rescate, que yo más que celebrar, estaba preocupado. Era obvio que teníamos al enemigo en casa y muy cerca. (...) Habíamos cometido un grave error, habíamos abandonado la búsqueda de los agresores cuando encontramos los cuerpos con vida. Parecía que el encontrar los cuerpos con vida había sido la cortina de humo para que los agresores escaparan", reflexiona el ahora procurador Alfredo Castillo Cervantes al narrar esta historia en una entrega de su columna "Justicia Posible".

 

Teníamos al enemigo en casa

Era una tarde de viernes. Por primera vez en varias semanas parecía que podía llegar el fin de semana con tranquilidad. Mientras la noche llegaba, leía los reportes semanales de consignaciones y otras estadísticas que miden la eficiencia en nuestro trabajo. Sin ningún asunto relevante que atender sólo pensaba en qué película rentar y qué llevar de cenar cuando de repente la puerta se abrió y mi coordinadora de ministerios públicos me dijo “Jefe, me están informando que acaba de haber una balacera a unas cuadras de aquí, un grupo armado intentó levantar a un grupo de policías ministeriales que hacían una investigación, parece que se llevaron a cuatro, hay rastros de sangre en el lugar.”

¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿A quiénes se llevaron? ¿Qué hacían ahí? ¿De qué investigación me hablas? ¿Quién los mandó para allá? En un segundo, la tranquilidad se hizo tensión.

Sin más preámbulo, le marqué al entonces procurador para informarle lo sucedido. No contestó. Un minuto después, le mandé un correo con la leyenda “Urgente” palabra de la que soy enemigo por el abuso que se hace de ella, pero que por primera vez sentía que realmente tenía aplicación. En menos de dos minutos, el procurador me contestó: “¿Dónde fue? Pásame los teléfonos de las personas que levantaron”.

En un instante, la subprocuraduría se había convertido de una tarde noche tranquila esperando la hora de la salida, a un hervidero de gente entrando y saliendo, datos, rumores, mentiras, exageraciones y un cúmulo de información que, de entrada, nada estaba confirmado.

Sin saber el porqué los habían secuestrado mandé gente al lugar de los hechos para entrevistar testigos y ver si efectivamente existían los vestigios de sangre que podían acreditar la supuesta balacera que me decían se había suscitado.

Al llegar al lugar, efectivamente se apreciaban rastros de sangre. Poco a poco empezaron a surgir los nombres de los policías que habían sido privados de la libertad.

Quince minutos después, el procurador ya volaba en helicóptero con el titular de inteligencia y el titular de la unidad de secuestros hacia el lugar de los hechos. Me llamó y me pidió que explorara la posibilidad de cerrar todas las vías de acceso y salida del municipio, y que solicitara apoyos. Era claro que aquí los segundos eran minutos, y los minutos horas, el operativo de rescate había iniciado.

Le llamé al presidente municipal quien me ofreció colocar filtros en los accesos y salidas del municipio, y además me ofreció su centro de video vigilancia para operar desde ahí. Le tomé la palabra. Le llamé al coordinador de inteligencia de Policía Federal con quien me unía una gran amistad puesto que habíamos trabajado juntos, quien de manera inmediata dispuso de un contingente de más de cien elementos para operar en la región. Le llamé al jefe de la zona militar quien también se dispuso a apoyar. En menos de media hora ya teníamos 300 personas dedicadas a la búsqueda y localización de los policías.

Mientras el helicóptero del procurador se acercaba a la región, me solicitó ubicar unas coordenadas geográficas. Después de unos minutos encontramos el punto. Me solicitó que los refuerzos se dirigieran hacia dicho lugar. Al parecer uno de los teléfonos de los policías privados de la libertad se mantenía prendido y de ahí se había realizado una llamada, misma que los aparatos de inteligencia la rastreaban en una zona determinada. Si estábamos en lo correcto, existía la posibilidad de que los policías aún estuvieran vivos y dentro del municipio.

A los 15 minutos, ya en el centro de video vigilancia del municipio, llegó el primer reporte: en un camino de terracería cerca del lugar en donde los aparatos de inteligencia marcaban la ubicación del celular, se había encontrado el cuerpo sin vida de una persona, quien al parecer podría ser uno de los policías secuestrados.

Cuando los peritos y algunos policías que conocían a los compañeros llegaron al lugar, nos dijeron que no había forma de reconocerlo, ya que el rostro estaba totalmente desfigurado y destrozado debido a la cantidad de golpes que había recibido en la cabeza con una piedra grande que yacía al lado. Sin embargo, a unos metros de ahí se habían encontrado fragmentos de un recibo de pago de nómina de la procuraduría. No sabíamos cuál de los cuatro policías “levantados” podía ser, pero era claro que tenía que ser alguno de ellos.

La confirmación de la muerte de uno de ellos nos decía que el grupo organizado que los había privado de la libertad no estaba jugando y que era sanguinario. La noche caía y sabíamos que la obscuridad no ayudaría en la búsqueda. El equipo del procurador fue a cambiar el helicóptero por uno que tuviera luz nocturna para el sobrevuelo. En el inter, un contingente importante de los equipos de rescate y tácticos se aproximaban al lugar que marcaba el teléfono celular.

Después de unos minutos, las coordenadas geográficas del celular cambiaron y teníamos que identificar nuevamente el lugar. El problema es que ahora la nueva ubicación aparecía en un punto en la nada, donde no se advertían calles ni avenidas, sino una presa, según el mapa.

Lo anterior nos hizo pensar que habían detectado el teléfono celular y que lo habían tirado a una presa o laguna. Esto nos dejaba sin elementos para poder ubicarlos o rastrearlos. Parecía que habíamos fracasado en el intento.

Sin embargo, cuando el presidente municipal escuchó la ubicación nos dijo que esa presa estaba seca, que era un lugar conocido como “lago negro” porque toda la terracería se enlodaba con las lluvias. Decidimos mandar la gente al lugar.

Cuando los grupos de rescate ya estaban cerca, el helicóptero con iluminación se posicionó exactamente en el punto donde marcaba la señal y contra todos los pronósticos, había ahí una choza malhecha en la nada, lo cual nos hizo pensar que ahí podían estar los policías.

A tan sólo unos 500 metros del lugar, el responsable del grupo táctico de la Policía Federal me llamó para decirme que los vehículos se atascaban en el lugar porque era puro lodo. Los policías se bajaron de sus vehículos y corriendo con sus armas se aproximaban al lugar. A unos metros del mismo, el contacto de Policía Federal me hizo una petición, solicitaba que el helicóptero se mantuviera por un minuto en el lugar encima del objetivo, toda vez que el lugar estaba totalmente a obscuras y no contaban con iluminación.

Le marqué al entonces procurador (yo era subprocurador) para solicitarle que se mantuviera estático lo más posible, toda vez que el movimiento en el aire podía representar un cambio significativo en tierra, además de que se requería la iluminación del helicóptero porque el lugar estaba totalmente a obscuras. De esta forma, la aeronave bajó a unos diez metros de altura aproximadamente.

Pasaban los segundos y nosotros por las cámaras de video vigilancia veíamos el helicóptero estático en el aire alumbrando el punto. No había forma de ver las patrullas con sus sirenas porque éstas ya no podían moverse en el lugar, ya que se encontraba todo enlodado. Estando a unos 200 metros del punto, el procurador me marcó para decirme que observaba ya a los policías correr al punto correcto, que era cuestión de segundos para que llegaran al lugar.

Mientras hablaba con el entonces procurador, mi coordinadora de ministerios públicos me interrumpió para decirme casi a gritos: “Jefe, dígale al procurador que se vaya, van a tirar el helicóptero”

Sin saber de que me hablaba sólo atiné a preguntar de dónde sacaba eso, a lo que inmediatamente me contestó muy alterada “Me acaba de llamar su secretaria casi llorando y gritando, que acaba de recibir una llamada anónima en donde le dicen que si no mueven el helicóptero en este instante lo van a tirar, que saben que en el mismo está usted sobrevolando y el procurador”. Salvo unos cuantos, nadie sabía quién iba en el helicóptero, ni dónde estaba yo.

La llamada para beneficio del grupo criminal no había podido ser más exacta, los grupos de rescate estaban a menos de 200 metros del punto. La llamada significaba que estábamos en lo correcto y que el helicóptero había ubicado el lugar exacto, sin embargo, la llamada también significaba que teníamos una enorme fuga de información y que ahora la vida del procurador, la del titular de inteligencia y la del titular de secuestros, estaba en peligro.

De manera inmediata tomé el radio y le dije al procurador “Váyase ya que van a tirar el helicóptero”, por lo que la aeronave inmediatamente emprendió el vuelo y se retiró. Casi al instante, el enlace de Policía Federal me marcó a mi radio para decirme desesperado “Que no se vaya el helicóptero, que no se vaya, estamos a 50 metros del lugar, aquí no se ve nada, que se espere un poco más.” Era difícil empezar a dar explicaciones en ese momento.

Por la seguridad de las personas que viajaban en la aeronave, el helicóptero se había retirado y lamentablemente habíamos dejado totalmente a obscuras a los compañeros de Policía Federal y del Grupo Táctico de la Procuraduría. Sin tener cómo moverse y ante el riesgo de una emboscada, los grupos de apoyo tuvieron que detenerse a tan sólo unos metros del lugar.

En el centro de video vigilancia todo era confusión, en el helicóptero más, y todos empezamos a pensar que nos estábamos enfrentando a un enemigo mayor que tenía el control sobre nosotros. Las caras de todos eran de incredulidad. Discretamente me fui a una esquina y le pedí al presidente municipal que se acercara, de manera directa le pregunté: “¿Cuántos mandos suyos sabían que en ese helicóptero iba el procurador, cuántos mandos suyos sabían que estaba yo en tierra coordinando las acciones?”. Lo mismo le pregunté a mis mandos de la procuraduría.

Con todo y la incertidumbre que ocasionó la llamada, no podíamos dejar de operar. Al final, los policías seguían secuestrados y el grupo responsable no había sido detenido. Sabíamos que habíamos estado muy cerca, pero posiblemente no volveríamos a estarlo tanto como hacía unos instantes.

Los grupos tácticos de la Procuraduría y de la Policía Federal seguían en el lugar y estaban inspeccionando la choza y sus alrededores. La policía municipal seguía con el control de accesos y salidas.

Mientras tanto, yo estaba a la expectativa de que el procurador me pudiera referir una nueva ubicación de GPS del celular para mandar a la gente a ese punto. En el inter pensaba en quien compartir esa información cuando mi coordinadora de ministerios públicos entró al cubículo donde yo me encontraba para decirme que había escuchando por la radiofrecuencia de la policía municipal que acaban de encontrar tres cuerpos amarrados, golpeados y vendados.

Inmediatamente pregunté si estaban vivos, a lo que me respondió que parecía que sí pero que ya no había escuchado más. Entonces le pedí al presidente municipal que me confirmara ese dato. Segundos después, me validó esta información: a tan sólo 50 metros de la choza estaban los cuerpos con vida de los tres policías ministeriales, golpeados, amordazados y con ciertas huellas de tortura.

La reacción inmediata de la Procuraduría, de la Policía Federal e inclusive de la Policía Municipal había permitido que el grupo armado no tuviera tiempo de ejecutar a los policías ministeriales que había levantado dos horas antes. Eso era innegable y merecía la satisfacción de todos. Habíamos salvado tres vidas.

Nos dirigimos a la subprocuraduría. En el estacionamiento, había decenas de policías de todas las corporaciones. Nos saludábamos, nos felicitábamos, nos reconocíamos mutuamente. Se había realizado exitosamente una operación de rescate. Sin protocolos, sin experiencias previas, se había actuado de manera correcta y oportuna. De menos así lo pensábamos en ese instante de tanta confusión.

Sin embargo no todo podía ser felicidad. Al subir a mi oficina, observé que algunas personas del área administrativa estaban muy aturdidas. Me acerqué y mi secretaria con lágrimas en los ojos me diría: “Me dio mucho miedo, pensé que lo iban a matar.” El personal se sentía vulnerable.

Ya en la soledad de mi oficina, con mi gente más cercana, todos nos veíamos sin decir nada. La llamada de amenaza había sido tan precisa, a tan sólo 50 metros de que el grupo operativo llegara al rescate, que yo más que celebrar, estaba preocupado. Era obvio que teníamos al enemigo en casa y muy cerca, demasiado cerca.

Mientras más repasaba lo sucedido, más dudas tenía. Había algo que no me cuadraba. No quería ser aguafiestas ni confrontarme con nadie, menos en un momento como ese. Pero algo empezaba a merodear en mi cabeza: habíamos cometido un grave error, habíamos abandonado la búsqueda de los agresores cuando encontramos los cuerpos con vida. Parecía que el encontrar los cuerpos con vida había sido la cortina de humo para que los agresores escaparan.

No había una respuesta lógica para que los agresores hubieran podido escapar, si ellos también estaban a obscuras y además supuestamente se había instrumentado un cerco policiaco en todas las entradas y salidas del municipio.

¿Por qué nunca se nos había dicho que el grupo de operaciones especiales del municipio había incursionando en el lugar? En todo momento el apoyo recibido y solicitado fue sólo el de cubrir accesos y salidas del municipio y la video vigilancia, pero nunca se nos informó que este grupo táctico especial realizaba a la par labores de rescate.

En menos de una hora, el grupo táctico que en un principio se vistió de héroe al localizar con vida a los policías secuestrados, se convertía ahora en mi cabeza en un ente sospechoso. La duda era más que razonada: habían encontrado a los sobrevivientes sin que nadie supiera de su existencia, pero también, y a pesar de ser los más cercanos supuestamente al lugar de los hechos, nunca vieron el menor rastro de los responsables. Lo peor de todo es que no podía hacer una imputación sólo por mis ideas o consideraciones. Tendríamos que esperar y obtener pruebas.

Una nueva historia estaba por comenzar: teníamos que ubicar y detener al grupo armado que perpetró el ataque en contra de los policías ministeriales. Pero también teníamos que encontrar a los infiltrados que había dentro y fuera de la Institución, los cuales reportaban todos nuestros movimientos. El enemigo estaba en casa y quién sabe en cuántos lugares más. No volveríamos a estar seguros hasta que fueran aprehendidos. La calma se había ido para no volver.

Esta historia continuará, en la próxima columna. 

 

Este viernes 30 de diciembre conoce la segunda parte de esta historia.

 

Invítamos a los lectores a que nos cuenten qué pasos seguirían para resolver este caso. Pueden escribirnos a edomex@eluniversal.com.mx o a través de redes sociales en Twitter y Facebook 

 

Alfredo Castillo Cervantes es procurador de justicia del estado de México

Tiene la licenciatura en Derecho por la UAM, Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana y Economía, por la EBC; también es apasionado de los deportes. 

Twitter: @ACC_Castillo

La PGJEM cuenta con un correo electrónico como un medio para denunciar hechos, incluso, en forma anónima. La dirección electrónica es: cerotolerancia@edomex.gob.mx

   
 
 
 
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