Después de violarlas, las obligaban a preparar la cena: Alfredo Castillo

Siempre hemos tratado el tema del secuestro como el delito que más lacera a la víctima y a sus familiares. La incertidumbre de no saber si está con vida, si va a regresar a casa, o si lo han torturado, te consume en vida. Sin embargo, hay otros delitos que aunque no representan el acabar con la vida de la víctima, sus consecuencias los marcan para siempre, tanto a ellos como a sus familias.
La siguiente historia cuenta como una banda de asaltantes entraba a las casas a robar para permanecer ahí toda una noche. Durante el robo violaban a las mujeres, la mayoría de las veces enfrente de sus esposos. Las violaciones eran tumultuarias.
Después de las violaciones, y sin el más mínimo sentimiento de culpa, obligaban a las víctimas a que les prepararan de comer, para que minutos antes de que amaneciera, se marcharan del lugar con todo lo que pudieran llevarse.
La humillación, la degradación, la vergüenza, la deshonra, el deshonor, el miedo y tantos otros factores orillaron a varias mujeres a no denunciar. Fueron el azote de toda una región, y para nosotros se convirtieron en el objetivo principal a detener por varias semanas. Ésta es la historia.
En una mañana de rutina, mientras revisaba algunos expedientes, entró a mi oficina mi coordinadora de ministerios públicos para decirme que la médico legista estaba certificando una violación tumultuaria. La mujer que había sido violada en repetidas ocasiones estaba golpeada de la cara y en estado de shock.
La mujer venía sola ya que su marido le había reclamado airadamente que ella no había cerrado bien las puertas, lo cual había permitido a los asaltantes introducirse al domicilio. El marido le había dicho que no quería volver a saber de ella porque estaba “sucia” y no sabía si ya le habían contagiado alguna enfermedad sexual.
La mujer parecía que estaba muerta en vida. Después de varias horas de atención psicológica por parte del área de atención a víctimas del delito, pudimos saber que horas antes, varios hombres habían entrado a su domicilio cerca de las once de la noche, mientras ella dormía con sus hijos. El marido aún no llegaba. La mujer al escuchar los ruidos pensó que era el esposo.
Sin embargo, al prender la luz, su tormento empezó: no era su esposo sino varios sujetos cubiertos de la cara quienes le dijeron que era un asalto. Primero uno de estos sujetos abusó de ella; después, se sumó un segundo en el mismo evento; posteriormente, un tercero la violó también. La mujer, con el dolor a cuestas imploró que la dejaran. Ante eso, sólo recibió golpes. Después solamente pidió que no hicieran ruido para no despertar a sus hijos.
Después de violarla en repetidas ocasiones, los asaltantes le exigieron que les preparara algo de cenar. Al decirles que su marido no tardaba en llegar, los asaltantes se marcharon una vez que escogieron que objetos robar. Una hora después, llegó el marido.
El esposo se negaba rotundamente a que su mujer fuera a denunciar. Para él su preocupación era la vergüenza de que estuviera en boca de todos que su mujer había tenido sexo con varios desconocidos. Una vida, una familia, había sido destruida. La investigación inició. Sin embargo, no se pudo recabar alguna prueba o indicio que pudiera encaminar las indagatorias.
Una semana después, estos sujetos volvieron a actuar. En circunstancias muy similares, varios sujetos tapados de la cara entraron a un domicilio mientras los dueños dormían. La mujer también fue violada de manera tumultuaria, en esta ocasión mientras el esposo era sometido.
También los asaltantes se quedaron a cenar y permanecieron casi hasta el amanecer. Después se marcharon con todo lo que pudieron llevarse. Para nosotros era el segundo caso documentado, sin embargo no sabíamos si había más eventos no denunciados.
El que tuviéramos dos casos casi idénticos nos permitió generar algunas correspondencias o patrones, como el número de personas que intervenían, los horarios que utilizaban, la edad aproximada de acuerdo al tipo de voz y complexión, así como el modus operandi.
Aunque no teníamos nada concreto aún, era claro que estos sujetos no se iban a detener. Dos semanas después llegó el tercer evento. Bajo las mismas circunstancias que los dos eventos anteriores, una vez más esta banda había asaltado una casa por la noche, se habían quedado durante toda la madrugada, habían abusado sexualmente de la mujer entre todos, y se habían marchado un poco antes de que amaneciera.
La psicosis se hizo presente. Aunque los medios de comunicación no tenían información de estos casos, empezó a correrse la voz de que existía una banda de asaltantes que estaban entrando a las casas a robar en la noche, violando a las mujeres que vivieran ahí, con todo lo demás que aquí he narrado.
Inclusive las mujeres que trabajaban en la subprocuraduría y que vivían en la región empezaron a mostrarse temerosas en las noches. “Jefe, varias ministerios públicos y secretarias que viven solas se están poniendo de acuerdo para vivir juntas, mientras detenemos a esta banda. Tienen mucho miedo”, me dijo mi coordinadora de ministerios públicos en alguna ocasión. Inclusive ella misma estaba asustada.
Hasta el tercer caso pudimos obtener un dato adicional que fue importante para la investigación. Un vehículo con ciertas características había permanecido estacionado afuera de la casa que habían asaltado. En ese vehículo se habían marchado los asaltantes. Quien proporcionó el dato, un barrendero de la zona, no pudo recordar placas ni algún otro dato adicional. Simplemente dijo que el barría la calle todos los días y que ese día le llamó la atención encontrar un vehículo estacionado en esa calle a esa hora, pero hasta ahí.
Después de una semana ocurrió el cuarto suceso. Una vez más con el mismo modus operandi que en los tres anteriores. En este caso se obtuvo un dato adicional que ayudó en la investigación. Mientras la mujer era violada por uno de los sujetos, llegó otro a decir que era su turno. Ante la molestia del primero, empezó una discusión en donde ambos se llamaron por apodos.
Parecían datos imperceptibles a primera vista, pero todo sumaba y se colocaba en la carpeta de investigación. Ya con cuatro eventos denunciados pudimos construir una tendencia, en cuanto a los días que operaban, los horarios, las zonas, y demás para empezar a delimitar nuestro campo de búsqueda. Sin embargo, el quinto evento se desarrolló en una colonia alejada de los cuatro primeros.
Bajo el mismo modus operandi, los asaltantes permanecieron en la casa hasta casi el amanecer, pero en esta ocasión, a diferencia de las veces anteriores, obligaron a los dueños a endosarles la factura del vehículo que se encontraba en la cochera. Parecía que los asaltantes estaban muy confiados de que no había forma de detenerlos o ubicarlos. Se quedaban toda la noche, se llevaban ya los vehículos y en este último evento, uno de ellos le había dicho a la mujer violada que le había gustado mucho, que si aceptaba salir con él.
Cada vez que esta banda operaba de nuevo era una frustración inmensa para el equipo de trabajo. Aunque cada denuncia que surgía nos aportaba datos importantes para la investigación, ninguno de nosotros se podía quitar el sentimiento de culpa de no poder detenerlos antes de que destruyeran la vida de otra familia.
Después de varios días, estando en mi oficina entró mi coordinadora de ministerios públicos para decirme que le había llamado un comandante de la policía municipal de una región relativamente cercana para preguntarle si nosotros teníamos ministerios públicos especializados en adolescentes o menores de edad.
Al contestarle que no, el comandante que era policía municipal le había gritado a alguien que tendrían que seguir aguantando al “Morris”. Al escuchar mi coordinadora el apodo, inmediatamente buscó la averiguación previa para verificar si ese sobrenombre había sido declarado por una de las mujeres violadas al momento de la discusión entre los dos agresores que pretendían abusar de ella.
Cuando verificó que era el mismo apodo, fue cuando subió a decirme que podíamos tener a uno de los violadores. De manera inmediata, le pedí que llamara al comandante para decirle que no lo dejara ir bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, el teléfono sonaba fuera del área de servicio.
Sin más tiempo que perder, formamos un equipo de ocho elementos para dirigirnos al municipio en cuestión. El traslado duró poco más de una hora. Al llegar ya no se encontraba el comandante y su teléfono seguía sin entrar. Al preguntar por el detenido en la dirección de seguridad pública municipal, la guardia dijo que no tenían a nadie con ese apodo registrado.
No podía ser posible. Ante la amenaza de que todos serían detenidos por liberar a un delincuente, ninguno se inmutó. Ni siquiera existía en sus bitácoras el registro de algún detenido. Jurídicamente no había como sancionarlos. Sólo teníamos el dicho de una llamada telefónica y el comandante ni siquiera aparecía.
De manera extraoficial un informante nos dijo que los demás miembros de la banda habían llegado a amenazar a los oficiales diciendo que su familiar era menor de edad y que si no lo liberaban iban a destrozar las instalaciones y a matar a los policías.
Como esa banda era conocida en el lugar y sabían de sus alcances, habían optado por no meterse en problemas y liberar al detenido sin ponerlo a disposición del Ministerio Público. El menor de edad había sido detenido por manejar un vehículo remarcado. El informante comentó además que esa banda se dedicaba al robo a casa habitación y a remarcar vehículos robados. El operativo fue un fracaso. Lo único que nos había dejado esa noche fue corroborar que el apodo era el correcto.
Después de unos días recibí la llamada de mi secretario particular poco antes de las siete de la mañana para decirme “Amigo, nos volvieron a pegar, se volvieron a meter a una casa.”
Con el sexto evento registrado en las últimas semanas, los sentimientos de todos eran ya de coraje e indignación. En la entrevista, la mujer proporcionó un dato que podía ser clave. Durante el tiempo que estuvieron los asaltantes, la mujer pudo escuchar que uno de ellos le llamó por teléfono a su novia para decirle que no podía ir a verla porque estaba trabajando.
Lo que a simple vista pareciera algo irrelevante, lo iba a dejar de ser si podíamos rastrear esa llamada. Inmediatamente se mandaron a analizar los números de los teléfonos celulares de las víctimas que los asaltantes se habían robado, entre otras tantas cosas. El resultado fue negativo.
La lógica nos decía que lo más seguro es que esa llamada la hubieran realizado de sus propios teléfonos. Sin embargo, a efecto de agotar el protocolo, mandamos analizar el teléfono de la casa. Contra cualquier pronóstico existía el registro de una llamada realizada a las tres de la madrugada, esto es, durante el tiempo en que los asaltantes estaban en el domicilio.
Con la llamada ya identificada, el área de inteligencia se dispuso a localizar al titular de esa línea telefónica, que todos suponíamos tenía que ser la novia de uno de los asaltantes. Después de unas horas, se ubicó un domicilio. De manera inmediata se colocaron vigilancias en el lugar. Las horas pasaban y no había resultado. A punto de anochecer se acercó a la casa una menor de edad que no debía tener más de 15 ó 16 años.
Lo anterior hizo dudar al área de inteligencia. Sin embargo, bajo el supuesto de que uno de los miembros de la banda era menor de edad por el antecedente del “Morris” se optó por acercarse a la menor.
Cuando los investigadores se identificaron, le preguntaron quién le había llamado la noche anterior alrededor de las tres de la madrugada. Lo normal era que la menor dijera de manera natural quién había sido, sin embargo, lo negó. Dijo que nadie le había llamado.
Ante la respuesta, los investigadores le dijeron que llamara a sus padres para poder hacerles unas preguntas. Fue entonces cuando la menor se asustó y dijo que le había marcado por teléfono su novio para avisarle que no la iba a ver porque estaba trabajando, pero que ella no había hecho nada malo.
Los agentes le explicaron que ella no tenía ningún problema. Que a ella la buscaban para advertirle que su salud e integridad podían estar en peligro, y que era muy importante el poder hablar con sus padres.
La menor pidió entrar al domicilio para avisarle a su mamá. Decía que no tenía papá. Después de unos minutos salió la madre. Cuando los agentes se identificaron le dijeron a la mamá que era muy importante el poder declarar a la menor en compañía de ella, ya que su hija andaba con un hombre muy peligroso que estaba acusado de cometer varias violaciones y robos a casa habitación.
Ante dicha aseveración, la madre dijo que no podía ser posible, que el novio de su hija era un muchacho formidable y muy bien portado. Con el ánimo de no cometer una equivocación se le pidió a la menor que les mostrara a los agentes alguna fotografía que tuviera con su novio.
Una vez que la menor les mostró una foto que tenía en su celular, la misma estaba guardaba en el archivo como “Morris”. Como la madre se mostraba renuente se le dijo que el novio de su hija había violado a seis mujeres sin ningún tipo de protección, por lo que podía haber contagiado a su hija si habían tenido relaciones sexuales.
Instantes después la madre dijo que ella y su hija iban a cooperar. Para ello pidió unos minutos para irse a cambiar de ropa y poder ir a declarar al Ministerio Público junto con su hija.
Mientras la señora y su hija entraron al domicilio, los agentes nos avisaron que en las próximas horas podíamos detener a una de las bandas más peligrosas que habíamos perseguido. Después de varias semanas por fin habíamos identificado a uno de los asaltantes y violadores.
Ya en la Agencia del Ministerio Público, la menor acompañada de su madre empezó a exponer cierta información pero la mayoría dispersa. La menor no recordaba direcciones, decía que solo conocía a su novio por su nombre de pila o apodo, que no sabía a qué se dedicaba, que lo veía poco y así.
Mientras la menor rendía su testimonio entró una llamada telefónica, era el novio. En ese momento se le pidió a la menor que lo citara en un lugar en específico. Sin embargo, en lugar de ello, la menor gritó por el teléfono “Te van a detener, escápate”. Mi coordinadora de ministerios públicos le quitó el teléfono, sin embargo ya era muy tarde.
En ese instante, todos pensamos que la madre iba a reprender a su hija, a decirle que era una locura lo que acababa de hacer, pero no, la madre guardó silencio y dijo que quería a su abogado, y que todo lo que nosotros decíamos eran mentiras.
Esto era inconcebible. Ahora teníamos que comenzar de nuevo, pero con un grado de dificultad mayor, puesto que la banda ya sabía que estábamos cerca de ellos y que los teníamos identificados.
Aunque no se trataba de buscar culpables, me sentía responsable de haber confiado en la señora y su hija. Según yo, solo con la posibilidad de que el novio de su hija fuera un violador y que hubiera podido contagiar a su hija era más que suficiente para que la mamá fuera la primera interesada en qué detuviéramos a estos sujetos. Me equivoqué.
Mientras las áreas de inteligencia trabajaban a marchas forzadas, todos consideramos que al menos estos violadores iban a dejar de operar al saberse descubiertos. Una vez más me volví a equivocar, la banda volvió a operar y ahora con más saña.
En un día al amanecer, mi teléfono sonó apenas pasaban las siete de la mañana. Era mi secretario particular para decirme que en estos momentos se estaba presentando a la Agencia del Ministerio Público una mujer para denunciar el robo de su casa. El modus operandi había sido exactamente igual a los robos anteriores, salvo que ahora habían hecho destrozos en la casa, dejando algunas consignas pintadas en las paredes. Esto ya era personal.
En este último robo, los asaltantes le habían exigido a las víctimas endosarles la factura de los dos vehículos que tenían en su cochera.
En la oficina teníamos un mapa del tamaño de la pared el cual geo referenciaba todos los robos. Además teníamos un cuadro comparativo con todas las similitudes y diferencias de cada uno de los asaltos.
A las once de la noche de ese día, ya cansados todos, pero sobre todo frustrados, me llamó el director de inteligencia de la procuraduría para preguntarme el día y la hora en qué los agentes se habían entrevistado con la novia y la suegra de uno de los asaltantes.
Después de preguntar, le dije que aproximadamente había sido las cinco de la tarde de determinado día. Una vez más me pidió que fuera muy exacto con la hora, y que los aproximados no eran suficientes.
Al cuestionarle el porqué de sus preguntas me dijo que de acuerdo al análisis del área de inteligencia existía la posibilidad de que al momento en que la madre y la hija se metieron a su casa a cambiarse de ropa para ir al Ministerio Público, alguna de ellas había intentado comunicarse a un número telefónico en repetidas ocasiones, sin embargo nunca les habían contestado. Al investigar de donde era ese número, el mismo correspondía a un lote de autos.
De manera inmediata mandamos gente. Por la hora sabíamos que iba a estar cerrado, no obstante la idea era ubicarlo y detectar el tipo de lugar. A las nueve de la mañana del día siguiente dos agentes que se hicieron pasar por compradores ingresaron al lote de autos. Mientras simulaban estar interesados en algún vehículo, salió el encargado a preguntar si buscaban algún modelo en específico.
Uno de los agentes dio las características de uno de los coches que habían sido robados apenas en el último asalto y en donde habían obligado a las víctimas a endosar la factura. El encargado dijo que iba a hacer algunas llamadas. Minutos después regresó a decirles que a las cinco de la tarde tendría un coche con esas características. Los agentes encubiertos se retiraron.
Dos horas después ya se había montado el operativo. Poco después de las cuatro de la tarde se acercó el vehículo. Era el mismo que había sido robado dos días antes. Iba un hombre y una mujer. Apenas el vehículo paró la marcha, varios agentes de la procuraduría estatal corrieron al interior del lote con armas largas mientras gritaban “Policía Ministerial”.
Al bajarse del vehículo robado, el hombre les dijo a los agentes que les daría toda la información que quisieran pero que no le hicieran nada a su novia que estaba embarazada. Dando por sentado que este sujeto era parte de la banda, los agentes lo sometieron y le preguntaron dónde estaban los demás miembros.
El sujeto les dijo que habían acordado verse a las cinco de la tarde en un domicilio en específico. Estaba dado. Eran ellos. Mientras los agentes esperaban a que dieran las cinco de la tarde, empezaron a recabar toda la información de los demás miembros de la banda. Al llegar a la casa de seguridad minutos después de la hora acordada, el detenido abrió la puerta, en ese instante fueron asegurados otros cuatro miembros de la banda. Solo faltaba el líder, quien no había llegado todavía.
Los agentes permanecieron adentro de la casa junto con los demás detenidos, mientras otros agentes encubiertos estaban en la calle. Después de 20 minutos se acercó un vehículo. Sin embargo no se estacionó en la casa sino unos veinte metros más lejos.
Eso pudo haber confundido a los policías, sin embargo el vehículo era el mismo que había sido visto por el barrendero en uno de los primeros robos.
Cuando el líder se bajó del coche para dirigirse a la casa custodiada, presintió algo y empezó a voltear para todos lados. Por instinto, al observar a un agente que estaba disfrazado de reparador de cable, se echó a correr. Casi al llegar a la esquina de la calle, fue alcanzado por un agente encubierto que estaba disfrazado de vendedor de merengues.
En las siguientes horas fueron detenidos todos los demás miembros de la banda. Al final fueron diez integrantes, entre ellos cinco que participaron en todos los robos y violaciones. Los demás vendían o comercializaban las cosas robadas, remarcaban autos, o los vendían cuando obligaban a las víctimas a endosarles la factura.
En total cometieron 14 robos a casa habitación según sus declaraciones. La mitad nunca fueron denunciados. En todos los robos hubo actos de violación tumultuaria. Ese día tenían programado volver a meterse a una casa. Los domicilios los escogían al azar, procurando únicamente que el acceso no fuera complicado.
Después de semanas de esfuerzos y frustraciones por fin pudimos acabar con esta banda. Efectivamente uno de ellos era el detenido que la policía municipal había dejado ir, cuando habían llamado a la subprocuraduría preguntando por una Agencia del Ministerio Público para Adolescentes.
Al final, la suma de detalles que se fueron acumulando en cada uno de los robos denunciados, nos permitió llegar hasta los responsables. A la vez, la falta de compromiso de otros actores, como la novia, la madre de ésta, y los policías municipales que dejaron ir al detenido semanas antes, sólo ocasionaron que estos violadores destruyeran a otras familias que fueron víctimas de sus acciones violentas y desgarradoras.
Un ejemplo más de que sólo con la participación de la sociedad podemos vencer a la delincuencia. Estoy convencido que el día que todos nos preocupemos por los demás y generemos conciencia de que un peligro para uno es una amenaza para todos, este país va a cambiar. Hasta la próxima columna.
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Alfredo Castillo Cervantes es procurador de justicia del estado de México Tiene la licenciatura en Derecho por la UAM, Ciencias Políticas por la Universidad Iberoamericana y Economía, por la EBC; también es apasionado de la escritura. La PGJEM cuenta con un correo electrónico como un medio para denunciar hechos, incluso, en forma anónima. La dirección electrónica es: cerotolerancia@edomex.gob.mx |





















































